Psicología cognitiva conductual

Cómo cambiar mi estado de ánimo

como controlar el animo

El grado de bienestar emocional que sientes ahora mismo es lo que comúnmente se llama estado de ánimo. El estado de ánimo fluctúa a lo largo del día, a menudo se dice que en un mismo día transitamos por todos los estados de ánimo, desde la alegría hasta la tristeza, pasando por la ira, por la angustia o el temor. Estos cambios solemos atribuirlos a circunstancias externas, a la acción de otras personas o a nuestra forma de ser cambiante.

Lo cierto es que el estado de ánimo no es totalmente controlable, y de hecho todos conocemos personas que parecen tener un estado de ánimo tan estable y controlado que un buen día han explotado en ira de un modo irracional, han roto con su anterior vida de un momento para otro, se han quitado voluntariamente la vida o incluso han desarrollado una enfermedad gravísima por somatización de sus angustias. Un ejemplo de esto son las personas que padecen depresión. Estas personas tienen una incapacidad real de esforzarse para subir su ánimo, de modo que es totalmente inútil presionarlos o recomendarles que se animen, pues no pueden hacer nada por controlar su estado anímico. De hecho, estos intentos bienintencionados de familiares, amigos o conocidos para que superen su enfermedad son vividos por los afectados como agresiones o faltas de incomprensión hacia lo que están experimentando. Socialmente todos entendemos que una persona invidente no puede ver por mucho que se le anime a ello, ni una persona tetrapléjica va a empezar a andar por mucho que se lo digamos, pero nos cuesta entender que una persona con depresión sea realmente incapaz de salir de su decaimiento. Las enfermedades mentales son las grandes incomprendidas, y es por ello que blogs como éste son muy necesarios para la sociedad, pues es esencial difundir el conocimiento de aquellas enfermedades que no son apreciables a simple vista pero que afectan a buena parte de la población.

Existen también personas que viven todo con auténtica euforia. Estas personas experimentan euforia continua con todo lo que les ocurre, ya sea algo positivo o negativo, sin tomar conciencia de cómo esto puede afectar realmente a sus propias vidas o a la de los demás e ignorando sus limitaciones. Ver sólo la parte amable de las cosas impide a la persona ser cauta y previsora y la expone a riesgos mayores. Las personas con un trastorno de euforia patológica suelen acabar desarrollando una profunda depresión.

Aquellas personas que se ven afectadas de manera continuada por un trastorno de su estado anímico necesitan con toda seguridad ayuda terapéutica profesional. Esta ayuda les permite recuperar su equilibrio psicológico y emocional y la capacidad de enfrentarse a las distintas situaciones que les planteen sus vidas con mayores recursos que los que tenían anteriormente.

Hay que saber diferenciar entre las personas afectadas por un trastorno anímico y aquellas que tienen el estado anímico enfermo. Las primeras son capaces de intentar modificar su estado anímico y las segundas no. Una persona abandonada por su pareja puede padecer un trastorno anímico durante unos meses y experimentar inestabilidad anímica, pero siempre que esta persona sea capaz de ponerse una música alegre, de obligarse a salir de casa, a reír y a conocer nuevas personas por ejemplo hablaremos de un trastorno anímico. Si esta misma persona se siente incapacitada día tras día para salir de la cama, para reír con una comedia, para disfrutar de un día de playa con amigos, podríamos empezar a hablar de depresión.

Los estados de ánimo, como ya hemos dicho, no son controlables y a menudo tampoco son racionales. Uno puede sentir ira, celos o alegría sin una causa aparentemente justificada o directamente sin saber por qué, y es que el estado de ánimo pertenece a cada uno y responde a menudo a razones subconscientes o químicas que van variando en el tiempo.

El modo más idóneo de encarar nuestros estados de ánimo es aceptándolos. Aceptar una emoción es preferible a negarla o a tratar de domesticarla de forma obsesiva. Lo único que podemos tratar de controlar es la manera en que la proyectamos, es decir, si gritamos, si pegamos o si nos apartamos y canalizamos nuestras malas sensaciones de una forma más asertiva, para nosotros mismos y para los demás.

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